"Los ojos no ven nada más que lo que miran y no miran nada más que lo que ya conocen. Añadamos como corolario que si no encuentran lo que buscan, dicen que no hay nada".
(Telesforo de Aranzadi)
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domingo, 16 de abril de 2017

CAMINO DE LA INMORTALIDAD Que el ser humano se encuentra en cambio constante es algo que, en nuestra época, hemos dejado de tener en cuenta. Con cierta ilusión pero sobre todo con mucha resistencia, nos empeñamos en creer que permanecemos siempre iguales, nos afanamos en sostener las mismas ideas, creemos que debemos proteger y conservar ciertas formas de ser. Es mucha la energía, mucho el tiempo y muchos los recursos que, en ocasiones, en ciertas etapas de nuestra vida, llegamos a dedicar a ser fieles no a lo que somos, sino a lo que aprendimos a creer que somos. Es posible que este sea un síntoma generacional. Es posible que muchos de nosotros, que crecimos al abrigo de la protección familiar en un grado que nuestros mismos padres no tuvieron, hayamos fraguado la idea un tanto fantástica de que las cosas se mantienen en un solo estado siempre, una especie de statu quo mágico, inamovible. Es posible, también, que esta sea una inclinación humana más o menos general. Que la conciencia del hombre, en todas las épocas, tienda a querer la permanencia ahí donde todo fluye, a pretender la continua identidad de lo mismo ahí donde todo cambia. ¿Pero por qué desear esto cuando lo contrario, abrazar el flujo natural de la vida, podría significar una forma de inmortalidad? ¿Quién elegiría lo fugaz y lo perenne cuando ante sus ojos y a sus manos se ofrece la perla preciosa de la inmortalidad? Este, cuando menos, es el sentido que Platón da al cambio natural de la vida en un fragmento de El banquete, sin duda el más hermoso de sus Diálogos. En cierto momento de éste, el filósofo pone en boca de Diotima una singular teoría de la inmortalidad, parcialmente contradictoria con las ideas que Platón sostuvo en otros lugares de su obra pero, más allá de esta pretendida coherencia argumentativa, interesante y seductora –como casi todo lo que se dice en El banquete. Nos dice Platón, por la vía de Diotima: –Pues bien, –dijo–, si crees que el amor es por naturaleza amor de lo que repetidamente hemos convenido, no te extrañes, ya que en este caso, y por la misma razón que en el anterior, la naturaleza mortal busca, en la medida de lo posible, existir siempre y ser inmortal. Pero sólo puede serlo de esta manera: por medio de la procreación, porque siempre deja otro ser nuevo en lugar del viejo. Pues incluso en el tiempo en que se dice que vive cada una de las criaturas vivientes y que es la misma, como se dice, por ejemplo, que es el mismo un hombre desde su niñez hasta que se hace viejo, sin embargo, aunque se dice que es el mismo, ese individuo nunca tiene en sí las mismas cosas, sino que continuamente se renueva y pierde otros elementos, en su pelo, en su carne, en sus huesos, en su sangre y en todo su cuerpo. Y no sólo en su cuerpo, sino también en el alma: los hábitos, caracteres, opiniones, deseos, placeres, tristezas, temores, ninguna de estas cosas jamás permanece la misma en cada individuo, sino que unas nacen y otras mueren. Pero mucho más extraño todavía que esto es que también los conocimientos no sólo nacen unos y mueren otros en nosotros, de modo que nunca somos los mismos ni siquiera en relación con los conocimientos, sino que también le ocurre lo mismo a cada uno de ellos en particular. Pues lo que se llama practicar existe porque el conocimiento sale de nosotros, ya que el olvido es la salida de un conocimiento, mientras que la práctica, por el contrario, al implantar un nuevo recuerdo en lugar del que se marcha, mantiene el conocimiento, hasta el punto de que parece que es el mismo. De esta manera, en efecto, se conserva todo lo mortal, no por ser siempre completamente lo mismo, como lo divino, sino porque lo que se marcha y está ya envejecido deja en su lugar otra cosa nueva semejante a lo que era, por este procedimiento, Sócrates, lo mortal participa de inmortalidad, tanto el cuerpo como todo lo demás; lo inmortal, en cambio, participa de otra manera. No te extrañes, pues, si todo ser estima por naturaleza a su propio vástago, pues por causa de inmortalidad ese celo y ese amor acompaña a todo ser. En breve, esta tesis nos invita a mirar los cambios propios de nuestra existencia como momentos en que lo nuevo sustituye a lo viejo, esto es, como una expresión de regeneración, quizá cabría decir incluso de resucitación, como cuando un ser se perpetúa en otro por la vía de la progenie. Con cada cambio, podría decirse con cierta lasitud a partir de este argumento, engendramos a un nuevo ser, damos a luz a un nuevo Yo, renovado en su vigor, exultante, dispuesto a enfrentar nuevamente la vida. Pero esto, claro, solamente si aceptamos cambiar, si olvidamos lo que hemos aprendido, si rectificamos, si decidimos emprender nuevas tareas, adquirir nuevos hábitos, entender que con cada cambio vendrán temores desconocidos y pesares nunca antes enfrentados. Ese es el precio de esta forma de eternidad, parece decirnos Platón. Y aunque parece un precio justo, cabe la pregunta: ¿habrá quien rechace ser eterno en su propia vida sólo por la comodidad aparente que implica permanecer siempre igual? artículo de Juan Pablo Carrillo Hernández

miércoles, 19 de octubre de 2011

El agon como exigencia sagrada


Asaltos filosóficos

Por Gonzalo M. Barallobre.
Pensar para encontrarse, no hay pretensión más pequeña y humilde y que a la vez sea tan peligrosa y urgente. Y es que toda búsqueda es un arma de doble filo. Pero la palabra que da nombre a este bello arte ya lo viene avisando: filo-sofía. Sabiduría que corta. Me permito esta violación etimológica porque reconozco y recuerdo el delito.
El filósofo debe ser un agua rituales, debe poner dinamita en el corazón mismo de las respuestas. Su tarea es forzar el límite para lograr el clima idóneo para el pensamiento: la tensión. Ella es el pulso secreto del universo. El telón de fondo que permite la música. Si se piensa en las entrañas de un piano se entenderá mejor lo que quiero decir. Y es que la tensión es la condición de posibilidad de toda melodía.
Si tenemos la tensión, recuerden el artículo que inauguraba esta columna, tenemos también el vértigo. Él es el principio y el motor de toda reflexión. Frente al asombro aristotélico o la violencia deleuziana, yo postulo el vértigo como padre de todo pensar. Aprender a habitarlo es el objetivo de toda sabiduría y ésta sólo se puede conquistar a través de un asalto filosófico. Como no existen puntos fijos el término “conquistar” debe ser entendido en un sentido dinámico, haciendo referencia al esfuerzo permanente por estar en pie. La vida como pulso. De la tensión como escenario a la tensión como tarea. Y es que nuestra fe debe ser la lucha. El agon como centro y bandera. En esto los griegos fueron los grandes maestros. El agon como autoexigencia sagrada que nos revela en el corazón mismo de lo trágico. Y así, erguidos sobre nuestros pensamientos, verticales contra el cielo, continuaremos aullando al gran enigma que nos habita.
Somos lo que somos en la tormenta, en su vientre no hay lugar para las máscaras, para los artificios. La vida, con su crueldad y su belleza, nos va revelando. Sin piedad -¿por qué iba a tenerla?- nos devuelve nuestro rostro más auténtico. Nuestra mirada más justa y sincera. Desde el final de un día largo, metidos ya en la cama, envueltos por la oscuridad y el silencio de la noche, todos hemos sentido nuestro propio peso, nuestra gravedad. Ese reino efímero de espejismos, de sombras líquidas, de lugares conocidos y profundidades olvidadas.
Hace unas horas, un compañero de búsqueda me hablaba de la importancia del concepto de relación. Es imposible llegar a entender hasta qué punto estamos vinculados los unos a los otros. Desde tu soledad, cuando el universo se ha convertido en el gran espejo en el que te miras, tu temblor llega hasta la última célula del mundo.
Uno puede creer que al dormir la tensión desaparece, pero esta creencia es pura ficción. Hundido en ti, todo tu cuerpo trabaja para mantenerte. Miles de síntesis y rupturas químicas tienen lugar cada segundo. Mientras, tu corazón, con un movimiento sordo, golpea tu pecho para mantenerle dentro de la vida. Sueñas y luchas. La tensión te mantiene erguido en tu hundimiento y despertar no es otra cosa que recordarlo.